Salí de la tienda con sobrepeso. No os aburriré con la lista de la compra, sólo diré que en ella estaba The French Connection, película muy importante en la historia del cine y que recordaba haber disfrutado hace bastantes años.
Lo curioso de esta película es que para disfrutarla completamente hay que verla teniendo en cuenta sus circunstancias. Tengo un amigo que suele repetir la frase "ha envejecido muy mal" cuando revisa algunos títulos clásicos. Creo que esta frase se podría aplicar a The French Connection.
Sin embargo, si uno no se deja influir por los títulos posteriores y tiene en cuenta que la película es de 1971, la cosa cobra otro sentido.
El mérito de la película es estar basada en hechos reales, haber rodado las secuencias sin utilizar decorados, en escenarios naturales (la mayoría de las veces los mismos en los que sucedió la historia de verdad) y con técnicas de documental. Hoy hemos visto millones de veces esos movimientos de cámara en hombro, ese grano en el celuloide, esa crudeza en la acción, pero en aquellos años tuvo que ser algo impactante de verdad.
Y después está la famosa persecución, en la que un coche intenta llegar antes que el metro a la próxima parada. Hoy también hemos visto persecuciones mucho más espectaculares, pero con más de treinta y cinco años a sus espaldas, la de The French Connection sigue teniendo su punto.

Pero cuando Friedkin lo vio, dijo: "Éste no es el tipo que yo quería, yo quería al otro". Se refería a Francisco Rabal. Él quería a un malo rudo, mal encarado, de modales bruscos. Pero Paco Rabal ni estaba libre, ni tenía ni idea de inglés, así que se quedaron con Fernando Rey. Con este actor, hubo que cambiar el perfil del malo y hacerlo sofisticado, elegante... el propio Friedkin afirma que cree que la película salió ganando con el cambio, porque así contrataba con la actitud de Popeye, su antagonista. Curioso como un error puede dar lugar a un acierto de casting.
Por cierto, y no me extiendo mucho más que esto me está quedando muy largo (pero bueno, hacía tiempo que no escribía). En su libro Moteros tranquilos, toros salvajes, Peter Biskind cuenta que cuando Coppola salió de ver esta película dijo: "Bueno, creo que he fracasado. Cogí una novela popular, jugosa y obscena y la he convertido en un puñado de tíos que se pasan horas hablando en la oscuridad".
Se refería a una película suya que estaba a punto de estrenarse: El Padrino.
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