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sábado, enero 25, 2014

Los hombres retroceden que es una barbaridad

Ver esta noticia me ha traído unos recuerdos de los que hablé precisamente hace poco con una amiga.

En mi casa, la de mi pueblo, la de mis padres, no teníamos teléfono. No hacía falta. Todos vivíamos allí. Existían cabinas para hacer llamadas a pocos metros. Había algún familiar con teléfono a la vuelta de la esquina. Así que yo no tenía costumbre de hablar por ese extraño aparato. De hecho, cuando alguna vez tenía que hacerlo, me sentía raro. No sabía cómo llevar una conversación sin ver el rostro de la otra persona.

A los dieciocho años me vine a Madrid. No podía llamar a mis padres. Pero llamaba a mi tía y le decía: «Eh, tita, avisa a mi madre, que vuelvo a llamar en diez minutos». Me quedaba rondando cerca de la cabina los citados diez minutos y volvía a marcar. Sencillo.

Llamaba solo cuando hacía falta (por asuntos que resolver o por necesidad emocional).

Todo aquello se acabó. No hace tanto y parece cosa no de otro siglo, sino de otra civilización. Estamos (me incluyo) gilipollas con los teléfonos. Que si sms, que si whatsapp, que si tarifa plana, que si tarifa de datos,...Y ahora, un cine que ofrece la posibilidad de cargar los móviles mientras vemos la película. ¿Para qué?

Hay un cuento de Cortázar que dice que cuando te regalan un reloj, te pasas la vida mirándolo, pensando si es bueno, consultándolo, con la necesidad de darle cuerda todos los días... en verdad eres tú el ofrecido como regalo al reloj.

Cortázar tuvo suerte. No conoció los móviles.